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miércoles, 7 de mayo de 2014

El Miss Venezuela “debilita el estatus de persona para convertirte en una muñeca”


Por: Melissa Silva Franco 
Correo del Caroní
06/05/2014

Entrevista a Lali Armengol

Lali Armengol investiga, reflexiona, escribe, ensaya y dirige con compromiso y entusiasmo desde hace más de 30 años. Ella fundó junto a otro grupo de mujeres el Teatro 8 de Marzo en 1983, época en la que se adueñaron de las calles y plazas como el escenario más rompedor para exponer sus planteamientos.

Después de este primer paso, el teatro feminista venezolano lleva el sello indiscutible de esta agrupación que dirige Armengol, y que tiene entre su repertorio obras como Platos, Miss Gloria, Ellas hablan solas, No me toques el mamut, Las pilas que mueven la cuna, El último credo e Igual que ella,


Entre la euforia de convertir a Venezuela en la merecedora de la última corona de Miss Universo, Armengol representa una mirada humana, reflexiva y coherente frente a lo que implica “producir” a las mujeres más bellas del mundo.

- Venezuela es reconocida por sus concursos de belleza. ¿Qué relación hay entre esas “reinas” y la mujer venezolana promedio?
- No puedo calcular los efectos de los medios con su apoyo al reinado de la imagen para generar deseos de transformación corporal, o ganas de ser otra. Pero sí ocurre que cada “reina” reconfirma el mito de que las venezolanas son las mujeres más bellas del mundo, y eso es algo así como agua bendita que salpica a mujeres y, a hombres también. Por encima de todo, genera un sentimiento de orgullo nacional.

- Estos concursos ¿Qué siembran en la cultura de la mujer venezolana?
- Yo diría que abonan a lo que ya está sembrado. Las reinas o misses son personajes que viven dentro de la cabeza de niñas, madres o padres. Hay que anotar que los concursos de belleza forman parte de la cultura; la iniciación comienza a muy corta edad en la familia, la escuela, en los clubes, empresas, instituciones, facultades y, hasta pueden darse en los ancianatos, lo que da una visión más amplia de su significación cultural. Siempre hay una coronación posible. Las visiones críticas son escasas, tienen poco espacio y peso.

- Ser reina en Venezuela ¿Qué significa?
- Triunfo, dólares, carro. Subida de estatus. Reconocimiento social, acceso laboral en los medios audiovisuales, matrimonio con algún personaje. Un pasaporte al éxito, una especie de dote.

- ¿La obsesión por la belleza es la causa de un país con miles de mujeres que se someten a cirugías estéticas?
- En Venezuela actúa un descomunal bombardeo sobre el valor de la belleza, o mejor dicho, sobre el valor del atractivo físico, suficiente para garantizar el éxito del negocio de la cirugía estética y, para cualquier tipo de intervención. En los últimos años el uso de biopolímeros inyectados ha causado estragos. Son 50.000 personas afectadas y 15 fallecidas, la inmensa mayoría mujeres. Es un problema de salud pública más complejo que el de las afectadas por las prótesis mamarias francesas PIP.
El cuerpo es lugar de cultura y socialización, y resultaría bastante difícil encontrar una cultura que no tenga una práctica intervencionista relacionada con el cuerpo humano, especialmente en el cuerpo de las mujeres, pero ahora se trata de una industria que promueve un modelo de belleza con molde, como un fin en sí mismo, y con garantía de felicidad.

- ¿Y no ha escrito sobre este tema?
- En el 2008 estrenamos con el Teatro Universitario de Maracay (TUM), de la Universidad Central de Venezuela, la obra Cuchillos. Irónicamente abordamos el tema enmarcando una sociedad en un quirófano, por el deseo de la intervención constante y, que se preguntaba, entre otras cosas, si iban a resucitar con el cuerpo operado o el que tenían antes. Es bueno pensar en esas cosas antes de operarse, por la inversión y porque gustarse o no gustarse toda una eternidad es un asunto definitivo.

- Usted escribió y dirigió Miss Gloria, ¿Qué planteó con esta obra a la sociedad venezolana?
- Una reflexión crítica sobre el negocio con el cuerpo de las mujeres que participan en los certámenes, en el que contribuye de diferentes maneras una gran parte de la sociedad, muchas veces desde la ingenuidad y, la implicación materna en este proceso, obviamente, desde la subordinación, tal como ocurre con la ablación y otras deplorables prácticas.
En la obra, también tenía peso evidenciar las humillaciones a las que son sometidas las candidatas para alcanzar la imagen de perfección -ante la mirada del otro- todo con la promesa del triunfo que se alcanza con la apariencia, que precisamente no resuelve los conflictos existenciales, más bien los oculta.

- ¿Qué tipo de humillaciones? ¿Qué hay detrás de esa idea de ser la mujer más hermosa del país y del mundo?
- Detrás de la preparación del espectáculo se detecta la misoginia, bueno, por delante también. Es la apropiación del cuerpo para convertirte en otra, o igual a otra. Es penoso, se publican las opiniones que emite -el Zar de la Belleza- despectivamente sobre el cuerpo de una aspirante que supuestamente aún no corresponde a la imagen ideal; antes las recogía la prensa, ahora hacen un reality show.
De cierta manera, durante el proceso de preparación, se debilita el estatus de persona para convertirse en objeto, en una muñeca.

- ¿Qué respuesta obtuvo del público en general? ¿De las propias mujeres?
- Para muchas personas fue revelador el tratamiento del tema, se mostraba la parte dura y despótica, el entrampamiento social para desear ser una miss, tuvo éxito. La actriz Daifra Blanco es aún recordada por su interpretación, en el ámbito teatral de nuestra ciudad. Todo el oropel camaleónico de una miss, lo resolvió actoralmente con su magnífica cabellera.
Esto fue en 1998 y pensamos que podría volverse un clásico, jajaja. No bajó la inscripción en las academias de modelaje para niñas pequeñas ni grandes, encaminadas por su familia a lograr algún reinado, todo lo contrario. Es un buen indicador, ¿no?

- ¿Qué papel está jugando la mujer en los tiempos actuales que corren en Venezuela?
- Es notable la participación masiva en la política y con más conciencia del valor de su trabajo en las comunidades. Creo que ya se podría hablar de la cuarta jornada. Sin embargo, en los espacios que se obtienen por elección popular, todavía predomina la falta de reconocimiento.
No se han roto los patrones, siempre hay un exceso en función del otro, en el del ser para otro. Todavía hay muchas mujeres que cuando se miran, no se ven, o no se ven completas.

- No se ven cuando se miran. ¿Por qué?
- Porque hay quienes aún se miran con ojos ajenos, o envueltas de expectativas prestadas, enganchadas con compromisos, hechas con palabras que se contradicen….

- ¿Y usted se ve?
- Desde hace unos cuantos años. Pero todavía me falta. Trabajo para ello.

- La agrupación Teatro 8 de marzo comenzó en la calle. ¿Cómo llega usted a esta iniciativa? ¿Y cómo era hacer teatro feminista en Venezuela hace más de 30 años?
- Un grupo queríamos divulgar los cambios favorables para las mujeres en la Reforma del Código Civil, recién aprobada (1982). La calle era un buen lugar y el teatro una excelente forma de comunicarnos, aunque en aquel tiempo, resultara chocante encontrarse con mujeres que hablaran de sus derechos en la mitad de la calle. Nos quedamos callejeando hasta 1992. Quedamos atrapadas por todo lo que significaba.

- El gobierno actual, ¿Qué papel concede a la mujer y a las leyes que las respaldan?
- El gobierno intenta manejar un buen discurso, sólo que cuando se despista se le ve el fondo de la enagua patriarcal. Tenemos muchas leyes, vivimos en la etapa del “hiperjurismo”, pero parece que ninguna ley alcanza para frenar la violencia. El machismo legislativo todavía tiene grandes marcas y está muy presente en el Código Penal, “para que no te olvides…” como la canción. Cambiar creencias, y “leyes naturales”, ya sabemos que no es un asunto fácil en ningún lugar. Y la administración discrecional de justicia se encarga de retrasar cualquier avance.

- Como una de las fundadoras de la Casa de la Mujer Juana Ramírez La Avanzadora. ¿A qué se enfrenta una mujer víctima de violencia en la Venezuela actual?
- Al mismo tiempo que cuenta con una ley y tribunales especiales, al momento de activar los beneficios legales, la denunciante, -con demasiada frecuencia- se topa con funcionarias/os que no reconocen la violencia de género como un delito, o desconocen la ley.
La discrecionalidad, o la mala fe, impiden que reciba el trato de afectada y, por otro lado, ella, la víctima, debe impulsar la investigación para que avance su causa. La impunidad es una constante. Las mujeres víctimas de violencia aún deben enfrentarse a una parte de la sociedad, que en el fondo, pone en duda el delito que denuncia.

- ¿Cuál es la situación actual del teatro venezolano?
- Es una historia larga y para acortar puedo decir que predomina el teatro de resistencia, unos grupos acorde con el sentido político del término, y otros entendiendo resistir de aguantar. La cartelera caraqueña es muy profusa. Si el sector teatro recibiéramos un pequeño porcentaje de lo que se destina a la música, al sistema nacional de orquestas, otro sería el panorama. Se trata de un problema grave de discriminación en políticas culturales.

Una vida de teatro y feminismo

Lali Armengol Argemí de nacionalidad venezolana, nace en 1945 en Catalunya, España.

Ha hecho teatro a domicilio, teatro de calle, teatro infantil, teatro liceísta, teatro de grupo con mujeres y teatro universitario, y lo ha vivido con la actuación, la dramaturgia, la dirección, la docencia, la producción y con todo lo que ha hecho falta.

Temáticamente es una autora que indaga y escribe predominantemente sobre la otra cultura... la de las mujeres. Su visión feminista profundiza en el discurso de las mujeres que históricamente han tenido mucho que decir desde el lugar del saber y la experiencia, dándole significado al conflicto que se genera por contraposición con la historia de las mujeres imaginadas y explicadas por otros.

Es cofundadora de la Casa de la Mujer Juana Ramírez La Avanzadora (Maracay), una Organización No Gubernamental (ONG) dedicada desde 1985 a Impulsar procesos de reflexión, concientización y capacitación en torno a los ordenamientos culturales y normas sociales que imprimen a la diferencia sexual carácter de desigualdad.

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