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jueves, 17 de noviembre de 2016

Trump y la decadencia de EEUU


Por: Simón Rodríguez Porras

A una semana de la elección de Trump como presidente de la principal potencia imperialista del orbe, las ondas expansivas del suceso siguen recorriendo el mundo. Apodado “El Donald”, este capitalista y “showman” nacido en cuna de oro en 1946, encabeza un grupo empresarial dedicado a negocios inmobiliarios, hoteles y casinos. Además está ligado a espectáculos como Miss Universo y la lucha libre, y durante varios años protagonizó en un concurso de televisión en el que a los ganadores les eran asignadas gerencias en las empresas del grupo Trump. Es un narcisista delirante que en diversas ocasiones ha declarado ser genéticamente superdotado. Una versión extrema de empresarios-políticos como el italiano Silvio Berlusconi o políticos-actores como Ronald Reagan. Su elección, que habría resultado impensable hace pocos años, refleja la decadencia de EEUU.


Una campaña ultrarreaccionaria

Su consigna central fue “Hagamos que EEUU sea grandioso nuevamente”, e hizo del ataque a los inmigrantes uno de sus ejes. Prometió levantar un muro a lo largo de toda la frontera sureña de EEUU, para impedir la entrada de “criminales y violadores” mexicanos. Actualmente, un sistema de vallas cuya construcción se inició bajo el gobierno de Bill Clinton en 1994 cubre más de un tercio de esa extensión. Prometió “trabajos para los estadounidenses primero” y deportar a tres millones de inmigrantes en el primer año de gobierno. Obama deportó la misma cifra durante los ocho años que gobernó, más que todos los gobiernos anteriores juntos.

En diciembre de 2015, planteó impedir la entrada a EEUU a los musulmanes. También ha amenazado con crear un registro obligatorio para personas de confesión islámica, impedir la inmigración desde “regiones proclives al terrorismo”, e implementar mecanismos para asegurar la incondicionalidad ideológica de los inmigrantes y su apego a los llamados “valores estadounidenses”.

La campaña llamó a restablecer “la ley y el orden”, otorgando más recursos para los cuerpos policiales; reducir el empleo público; eliminar las reformas al sistema de seguros médicos implementadas por Obama; rebajar impuestos a los grandes capitales; eliminar restricciones a las emisiones atmosféricas de las industrias y aumentar la producción petrolera mediante fracturación hidráulica y la minería de carbón.

En materia de política exterior, el presidente electo planteó confiscar yacimientos petroleros irakíes como “retribución” por los costes militares de la invasión yanqui de 2003, anular los acuerdos sobre energía nuclear con Irán, salir de los protocolos firmados por EEUU contra el calentamiento global, ir a una mayor cooperación con Rusia en Siria y condicionar a contraprestaciones económicas los convenios militares con Japón, Corea del Sur, Taiwán y los países miembros de la OTAN.

Las críticas a la corrupción del gobierno, al poder de los banqueros y especuladores de Wall Street, así como a los tratados de libre comercio, proponiendo limitar las importaciones chinas o la ruptura del TLCAN con México y Canadá, también formaron parte de su repertorio de campaña.

El triunfo de Trump
Lo característico de la elección no fue un crecimiento de la votación de la derecha, sino un altísimo rechazo a los dos candidatos, y una caída del voto del partido Demócrata, especialmente en el puñado de estados que definieron la elección. Pese a perder la votación general por casi un millón de votos, Trump obtuvo más delegados en el colegio electoral, el mecanismo de segundo grado vigente desde 1787. Clinton sacó unos 61,779,507 votos (47,9%) y 232 delegados, mientras que Trump sacó 60,830,919 votos (47,2%) y 306 delegados. Los republicanos también se impusieron en las dos cámaras del parlamento. La abstención, tradicionalmente alta, fue de 45,4%, apenas por debajo del promedio de los últimos 44 años (46,4%). No hubo grandes modificaciones en los patrones de la votación republicana, Trump estuvo apenas dos millones de votos por encima de Romney en 2012, un millón por encima de McCain en 2008, y un millón menos que Bush en 2004. En relación con la primera elección de Obama en 2008, hubo una caída de 5%, casi 8 millones de votos, para los Demócratas.

Las encuestas indicaban que Clinton tenía un repudio de alrededor del 45% de los votantes. Estuvo envuelta en escándalos por acusaciones de usar su correo electrónico personal para tratar temas de Estado, y por las filtraciones de los correos electrónicos de su jefe de campaña, en las que se demostraba su doble discurso, su estrecha vinculación con Wall Street y las maniobras fraudulentas durante las primarias contra su contendiente Bernie Sanders. El repudio a Trump era superior, de más del 60%. Gran parte de la votación de Trump y Clinton tuvo un contenido de voto castigo o por el “mal menor”. Más de 6 millones de votos, un 4,9%, fue para candidatos por fuera del bipartidismo, 3% para el candidato de extrema derecha Gary Johnson y 1% para la candidata del partido Verde Jill Stein.

Ocho años de políticas de ajuste le pasaron factura al partido Demócrata, que tradicionalmente ha obtenido la mayoría del voto obrero y de los sectores más pobres. Luego de que Obama resultara electo en 2008 con consignas sobre “cambio” y “esperanza”, en pleno estallido de la crisis económica mundial, su gestión se volcó a financiar a bancos y multinacionales. En el marco de la depauperación de grandes sectores de la población surgió el movimiento Occupy Wall Street en 2011, así como una creciente conciencia de la terrible desigualdad social. En EEUU el 1% más acaudalado obtiene el 20% de los ingresos, y el 0,1% obtiene más del 10% de los ingresos, una realidad cada vez más repudiada por la población. Se ha erosionado la ideología burguesa del “sueño americano”, según la cual la desigualdad económica no impide que haya movilidad social y oportunidades para todos

La candidatura del socialdemócrata Bernie Sanders en las primarias demócratas reflejó este proceso de incipiente izquierdización de un sector de la población. Casi la mitad de la población y dos tercios de los jóvenes se mostraron dispuestos a votar por un candidato que se revindicara “socialista” (Elecciones de la crisis, Miguel Lamas, Correspondencia Internacional 39). De hecho en mayo y junio, durante las primarias, varias encuestas daban a Sanders una ventaja de hasta diez puntos en una elección hipotética entre Trump y Sanders, mientras que colocaban en empate a Trump y Clinton.

En el otro extremo del proceso de polarización, el discurso abiertamente racista, anti islámico y misógino de Trump le ganó simpatías entre la extrema derecha, un sector de creciente influencia desde el surgimiento del ala republicana llamada “Tea Party” en 2009 y la llamada “derecha alternativa”, una constelación de supremacistas blancos, milicianos racistas, asociaciones de policías, nazis, cristianos fundamentalistas y toda clase de ultras. Ni la oposición de la mayoría de los medios de comunicación ni las denuncias por evasión de impuestos y abuso sexual que surgieron durante la campaña hicieron mella en su candidatura entre estos sectores, que formaron el núcleo duro de su activismo.

Biblias y óxido

El intelectual Noam Chomsky atribuyó en una entrevista el triunfo de Trump al hecho de haber sido percibido como un abanderado del cambio, contra el continuismo representado por Clinton, en un contexto en el que el salario mínimo real está a niveles comparables a los de la década del 60, con un gran arraigo de la ideología de la supremacía blanca y un fanatismo cristiano al cual suscribe un 40% de la población (Truthout.org, 14/11).

Se llama “cinturón bíblico” (bible belt) al EEUU rural, especialmente a los estados del centro del país, donde ejercen un gran poder las iglesias protestantes. Es la base tradicional del voto republicano, mientras que el voto demócrata se concentra en las dos costas y las grandes ciudades. En las últimas dos décadas, el proceso de deslocalización de empresas yanquis que aprovechan la mano de obra semiesclava en países asiáticos y en menor medida latinoamericanos, ha llevado al abandono y la ruina de extensas zonas industriales. Estas zonas arruinadas, a veces con aspecto de ciudades fantasma, se han denominado el “cinturón de óxido” (rust belt). Y es en este último sector donde la balanza se inclinó hacia Trump. Determinado por su sólida base en el cinturón bíblico y su avance en el cinturón de óxido, el triunfo de Trump es un síntoma del atraso y la decadencia.

El retroceso de los demócratas en el voto obrero blanco de regiones de Pennsylvania, Ohio, Iowa y Michigan, donde ganó Obama en las dos elecciones anteriores pero esta vez Trump empató o ganó, resultó decisivo. Clinton ganó entre los votantes que ganan menos de 50 mil dólares al año, y entre los votantes más jóvenes; Trump ganó por pequeño margen entre los votantes de mayores ingresos y de mayor edad. Sin embargo, el factor racista fue decisivo, el 58% de los votantes blancos votó por Trump, mientras que el 71% de los latinos y el 92% de los negros votaron en su contra. Los blancos representan el 70% del padrón electoral.

Aturdimiento y celebraciones

La elección de un demagogo y díscolo para presidir la principal potencia capitalista generó las más dispares reacciones. La noche de la elección, la bolsa de valores japonesa cayó 5,34%, la de Hong Kong 2,82%, y 2,18% la bolsa australiana, mostrando el nerviosismo de la burguesía en esos países. Al día siguiente, en Wall Street las reacciones fueron mixtas, los valores de empresas militares subieron significativamente, mientras que las de energías alternativas cayeron drásticamente. El banco Goldman Sachs subió 2%, mostrando que los especuladores y banqueros no temen a las amenazas de Trump y tienen expectativas positivas.

El primer mandatario extranjero en felicitar a Trump por teléfono fue el dictador egipcio Al Sisi. En Europa, los aliados tradicionales de EEUU, como Merkel o Hollande, enviaron saludos en un lenguaje diplomático, mientras que la extrema derecha saludó con entusiasmo su triunfo. El primer ministro húngaro, Viktor Orban, Marine Le Pen del Frente Nacional Francés, Nigel Farage del Ukip británico, Gert Wilders de Holanda, todos celebraron. El primer ministro sionista, Benjamin Netanyahu, envió un mensaje de apoyo eufórico a Trump. El ministro de educación Naftali Bennet declaró que con la elección de Trump la idea de un estado palestino había sido liquidada.

En Moscú, la Duma ovacionó a Trump y Putin envió felicitaciones. En la víspera de las elecciones, Rusia había redoblado sus bombardeos en Siria. El gobierno de China veía con buenos ojos la posición de Trump sobre la defensa de Japón, Taiwan y Corea del Sur, y el órgano del PC aprovechó el resultado electoral para criticar las elecciones burguesas y sus resultados inesperados.

En el campo de la centroizquierda latinoamericana, el vicepresidente boliviano García Linera aseguró que el triunfo de Trump representaba una “revolución pasiva” y un golpe a la globalización. El chavista Atilio Borón leyó en el resultado un voto castigo “contra el injerencismo” de Obama y Clinton. El gobierno de Maduro saludó el triunfo de Trump y manifestó su esperanza de que el gobierno de EEUU cumpla un rol en la resolución de “los problemas de la humanidad”. En una circular a los medios de comunicación estatales, el gobierno venezolano ordenó a sus funcionarios no criticar a Trump. La ex presidenta argentina Cristina Fernández se sintió reivindicada por Trump: “Se nos acusaba de proteccionistas y acaba de ganar alguien que hace del proteccionismo, de sus trabajadores, de sus empresas y de su mercado interno una bandera”.

La polarización se profundiza

Dos días después de la elección, Trump se reunió con Obama, quien declaró que haría todo lo posible por el éxito de Trump. Toda la línea del partido Demócrata y los grandes medios de comunicación ha sido darle un margen de confianza a Trump. Incluso Sanders declaró que estaría dispuesto a apoyar las medidas que adopte el nuevo gobierno a favor de los trabajadores, aunque se oponga a las medidas contra los inmigrantes o que propicien una mayor destrucción ambiental. Este intento de suavizar la polarización choca con la dinámica general. A pocas horas de la elección, miles de estudiantes salieron a las principales ciudades del país con consignas como “No es mi presidente” y “Fuck Trump”.


Aunque moderó su lenguaje en sus primeras alocuciones e intentó fortalecer el discurso de “unidad nacional” de Obama, Trump no dejó mucho lugar a dudas con sus primeras designaciones. Nombró jefe estratega a Steve Bannon, uno de los asesores de su campaña y ex director de la web de extrema derecha Breitbart news. Su vicepresidente, Mike Pence, es un ex gobernador de Indiana conocido por su fanatismo cristiano: es enemigo de la teoría de la evolución y promueve el otorgamiento de subsidios públicos a terapias para convertir a homosexuales en heterosexuales. Otros extremistas como Newt Ginrich y Rudolph Giuliani se espera que vayan a cargos importantes como Secretario de Estado o Fiscal general.

La posibilidad de enfrentar efectivamente a Trump y al partido Republicano en EEUU y el mundo, dependerá de que siga desarrollándose un movimiento estudiantil y obrero independiente; que crezca el movimiento contra la brutalidad racista de los cuerpos policiales; que los millones de jóvenes que votaron por Sanders en las primarias lo emplacen a romper con el partido Demócrata y a fortalecer una oposición extraparlamentaria a través de la movilización, que abra una brecha en el bipartidismo y postule una alternativa de izquierda. Será necesario desarrollar la solidaridad con los inmigrantes, amenazados por los planes represivos y de deportaciones masivas de Trump y hacer frente a las aventuras guerreristas con las que los imperialistas pueden intentar desviar la atención de los problemas internos. El presidente electo arranca con un rechazo popular enorme y en plena crisis económica y militar del imperialismo yanqui. No las tiene todas de su lado.



1 comentario:

  1. EEUU lleva el aspecto de ser una fábrica de desestructuración social ya desde la educación

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