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viernes, 19 de abril de 2013

Los revolucionarios venezolanos en la hora actual

Grupo de Estudio Revolucionario Simón Sáez Mérida

El pasado 14 de abril fuimos testigos de un nuevo episodio de la confrontación interburguesa entre los dos bandos que, desde el año 1998, vienen disputándose el control de la renta petrolera en Venezuela. En esta oportunidad, como en otros recientes comicios, hemos convocado -por los medios a nuestro alcance- a no participar en la comedia electoral, en el entendido que los proletarios y proletarias no teníamos nada que ganar en las opciones en pugna.


La difusión de los resultados, que dieron como ganador a Nicolás Maduro por un estrecho margen, ocasionó el llamado a impugnar impugnación de los resultados por parte del candidato de la Mesa de la Unidad Democrática Henrique Capriles. Aunque el chavismo tiene el control del Consejo Nacional Electoral, las Fuerzas Armadas y todas las instituciones –lo que a su vez le asegura el control del proceso de reconteo de votos-, para no mostrar señales de debilidad frente a sus contrarios, en el peor momento electoral de su historia, ha rechazado la solicitud. Esto ha traído como consecuencia la movilización de un numeroso sector de la población, enfrentamientos en diferentes puntos del país y ataques contra sedes de servicios públicos, medios de comunicación y casas de partidos políticos, algunas de las cuales han sido reprimidas por funcionarios de la GNB, en particular las concentraciones frente a las sedes regionales del ente comicial. El escenario político lo definen -una vez más- los actores principales (gobierno y oposición). Y, al igual que la población va al matadero electoral a elegir el opresor de turno, salen ahora a las calles a defender a los amigos de sus enemigos, con total ausencia de conciencia de clases. Como siempre, los proletarios pondremos los muertos mientras los privilegiados de todo pelaje harán sus acuerdos, desde arriba y a puerta cerrada.

Desde una consecuente perspectiva clasista el gobierno chavista, ahora dirigido por Nicolás Maduro –un oscuro personaje que dividió al sindicalismo, colocándolo a la zaga de la patronal y negociando las reivindicaciones gremiales- representa la burguesía sintonizada con la globalización mundial, el principal patrono del país y el órgano que controla los cuerpos represivos estatales. Los partidos opositores, en cambio, aglutinan a la burguesía tradicional, desplazada del poder porque su oligarquía económica está ligada más a los sectores de producción y servicios, y menos en los sectores más dinámicos de la economía globalizada (energía, finanzas, telecomunicaciones, narcotráfico), quienes han encontrado en el chavismo los aliados que garantizan la gobernabilidad necesaria que permita el flujo de capitales por territorio venezolano. El chavismo, al representar y defender los intereses de la burguesía mundial, defiende un status quo que ha entregado las principales riquezas del país a los rusos, chinos y demás transnacionales energéticas mientras reparte migajas de la renta petrolera en forma de políticas sociales que tienen, como principal fin, -además del clientelismo partidista- domesticar y doblegar la organización independiente de comunidades y organizaciones. Plegarse a las demandas de unos u otros es enfilar energías para mantener el actual orden de cosas. Y si bien el descontento con el chavismo intenta ser capitalizado por los voceros de la burguesía tradicional, en su base, por enfrentarse a sus patrones y explotadores inmediatos se encuentran quienes quieren otra cosa. Si este cambio enarbola reivindicaciones que no compartimos, es porque los revolucionarios clasistas estamos ausentes de un movimiento de masas que, por la fotografía electoral, es el de mayor crecimiento en el país.

En la medida que participemos en las movilizaciones de base, y especialmente en los conflictos concretos contra el poder (luchas obreras, indígenas, campesinas, etc), y enfrentados necesariamente al Estado, podremos radicalizar esas luchas más allá de las necesidades inmediatas. No se trata de defender que un personaje u otro sea presidente, sino participar en los movimientos populares con mayores potencialidades para exigir un cambio y desarrollar, en toda su extensión, su beligerancia y autonomía en la construcción de una alternativa. Y esto sólo se dará si estamos apoyamos activamente sus luchas que también son nuestras.

En el contexto actual, para intentar disimular la ausencia de autoridad de Nicolás Maduro a lo interno del movimiento bolivariano, evidenciado en el dato concreto de la votación que recibió - 685 mil personas que habían votado por Chávez hace pocos meses se negaron a votar ahora por él-, su gobierno intenta la huida hacia adelante difundiendo que “la repetición del guión golpista de Abril de 2002”. Si bien no sorprende este argumento, repetido desde hace 10 años, algunos grupos que decían ser críticos de la boliburguesía bolivariana, como El Topo Obrero y Opción Obrera, vuelven a pensar bajo la lógica oficial, comprando la versión de llamar a “derrotar el golpe en la calle”, el cual es un apoyo a los grupos de apoyo paramilitar, que amparados por los órganos de represión del Estado, han venido enfrentando la protesta popular de los trabajadores y comunidades en lucha.

Pretendiendo desconocer la realidad del capitalismo globalizado, estos grupos trotskistas insisten en caracterizar al gobierno chavista como de izquierda, sugiriendo con ello que, frente a la derecha tradicional, son la opción “menos mala”. La verdadera conciencia clasista revolucionaria nunca ha dudado sobre a qué bando combatir cuando la lucha es entre la gente y los órganos de represión estatal.

La posibilidad de un golpe de Estado no pareciera estar planteada en la Venezuela de hoy. Después del intento de golpe del 11 de abril del 2002, Hugo Chávez reorganizó los cuadros y medios de las Fuerzas Armadas con personas leales. Y para promover un golpe los conspiradores deben contar, como mínimo, con un apoyo en un sector de los uniformados, por un lado, y un discurso que justifique, ante la opinión pública, la intervención de los militares. Ambos elementos no están presentes en la presente coyuntura política. Por un lado las Fuerzas

Armadas gozan, como nunca antes, de todo tipo de prebendas, como por ejemplo el control del lucrativo negocio del narcotráfico en el país. En otro, ha quedado suficientemente demostrado que gobierno y oposición han consensuado hasta la saciedad su papel en el aparato de la democracia representativa y sus mecanismos delegatorios mediante el voto. La recomposición de todos los actores en el país ha cambiado desde el año 2002, y no precisamente para beneficiar a los movimientos sociales y populares del país.

El aumento de la conflictividad social es un indicador muy claro del descontento generalizado frente al estrangulamiento al cual son sometidas las clases trabajadoras. El papel de los revolucionarios en la hora actual es participar en las luchas reivindicativas por las cuales vienen movilizándose persistentemente las comunidades en reclamo de sus derechos, considerando esto como el camino hacia la construcción de una alternativa autónoma como única vía para alcanzar un verdadero cambio. Esto presupone que nuestra participación no debe contribuir a legitimar a ninguno de los bandos en pugna, sino a fortalecer las experiencias de lucha y su orientación hacia reivindicaciones concretas y materializables, impulsando y extendiendo la unión y solidaridad activa entre los oprimidos y oprimidas.





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